"si queremos teatros llenos en el futuro necesitamos cuidar más de nuestro presente"

Considerado por la crítica como una de las «voces más sobresalientes de su generación» (ABC Cultural), fue finalista al Premio Nadal 2010 con La edad de la ira, a la que siguieron novelas como Cuando todo era fácil o El sonido de los cuerpos, además de títulos juveniles con gran éxito entre los adolescentes, como El reino de las Tres Lunas o la novela transmedia  Los nombres del fuego. Como dramaturgo, ha estrenado y publicado numerosas obras dentro y fuera de España. Entre ellas figuran #malditos16 (coproducción del Centro Dramático Nacional), Los amores diversos, Tour de force, Cuando fuimos dos, De mutuo desacuerdo (estrenada simultáneamente en España, Panamá y Venezuela) o La edad de la ira, basada en su novela. 

 

También es autor de versiones de clásicos como Las harpías en Madrid, (Festival Internacional de Teatro de Almagro), Yerma (2015), de Lorca (Premio Helen Hayes 2015 al Mejor Espectáculo) o Don Juan Tenorio (2017), de José Zorrilla, estas dos últimas estrenadas en el Gala Theatre de Washington.

¿Cómo llegaste a la escritura para adolescentes?, ¿Por qué decidiste escribir para un público específico?

En realidad, escribo para públicos muy diversos, no solo adolescentes. Pero es cierto que, dentro de mi trabajo como novelista y dramaturgo, pronto me interesé específicamente por esa edad que creo que merece una atención especial por parte de la cultura. Es una etapa en la que construyen su identidad y el discurso literario puede ayudar a que esa construcción sea mucho más favorable y, sobre todo, amplia y crítica. El hecho de haber estado trabajando en las aulas de Secundaria durante diez años también me llevó a interesarme aún más por su mundo y, sobre todo, a conocerlo en profundidad. 

 

¿Qué elemento crees es fundamental en una obra teatral para adolescentes?

Sin duda, la capacidad de provocación. La conexión del adolescente con el discurso cultural viene a través de la conexión emocional, así que es preciso que encontremos ese camino para que se sientan interpelados por cuanto vayamos a contarles. Siempre que se sientan aludidos y, en un sentido amplio, provocados, obtendremos en ellos una respuesta a nuestro espectáculo. Necesitan saberse protagonistas incluso cuando están en el patio de butacas, pues es una edad donde la pregunta esencial es quién soy. Una cuestión que, desde la adolescencia, ya nunca dejará de acompañarnos. 

 

 

¿Cómo logras transmutar o realizarte artísticamente poniendo de antemano algunos "pies forzados" como escribir para cierta edad o tocar ciertos temas?

La clave está en no pensar en esos obstáculos, sino en buscar un ángulo desde el que se pueda captar al público joven sin perder, por ello, al público adulto. En mi caso, lo que más satisfacción me produce como autor es ver cómo padres e hijos comparten tanto mis novelas como mis obras de teatro. En funciones como #malditos16 o La edad de la ira, dos textos que estrené en España en 2017 y que han estado casi dos años en cartel, teníamos tanto sesiones matinales con adolescentes por la mañana como funciones por las tardes con público general y lo mejor de ambos procesos fue comprobar que el teatro puede romper barreras generacionales. O, al menos, ayudarnos a hacerlo. 

 

¿Trabajas con algún director de teatro en particular? 

He tenido la suerte de trabajar con muchos y con muy buenos directores en estos años. Entre ellos, sin duda, destacaría tres nombres que son esenciales en mi vida y en mi oficio como autor: Quino Falero, José Luis Arellano y Ainhoa Amestoy. Con los tres he estrenado diversos espectáculos y con todos ellos sigo un proceso similar que parte de un diálogo previo en el que indagamos sobre aquello que queremos contar y expresar. A partir de ahí, a menudo hacemos un taller con los actores que darán vida a la obra, y después comienzo mi proceso de escritura, tomando todo ese material anterior como punto de partida para mi labor dramatúrgica. Personalmente, creo en el teatro como un trabajo de creación colectiva, de modo que la colaboración con el director me parece fundamental. 

 

 

¿Cómo es en España vivir de la escritura?

Es complicado, pero me temo que eso no sucede únicamente en mi país. El problema no radica tanto en estrenar, pues hay un amplio circuito off que da cabida a muchas propuestas, como en conseguir que esos estrenos sean rentables. A menudo, el hecho de que una producción no tenga pérdidas ya se puede considerar algo positivo y es, a todas luces, insuficiente. Es cierto que los teatros públicos intentan impulsar la dramaturgia contemporánea, pero los apoyos, tanto públicos como privados, siguen siendo insuficientes. Por otro lado, la remuneración del autor depende tanto de la taquilla -al final, su pago es un porcentaje de la misma- que cabría cuestionarse hasta qué punto es no resulta limitador para la creatividad, al menos, en el circuito privado.

 

 

Viniste a Santiago a dar un taller de escritura teatral, ¿Qué crees es importante entregar como guía en la formación de un nuevo autor?

 

Sobre todo, animar a cada cual a fortalecer su voz. Creo que los talleres deben ser un espacio de encuentro, de intercambio de textos y de propuestas, no un dictado de fórmulas que, al final, no resultan ni útiles ni aplicables. He impartido talleres y cursos teatrales en España durante varios años y en ellos siempre parto de ahí, de la importancia de ser fiel con nuestra propia voluntad creadora. 

 

¿Conoces en España u otros países a otros autores dedicados a escribir para adolescentes?

 

Por suerte, cada vez hay más autores trabajando en esta línea. En España, es especialmente interesante el trabajo de escritores como José Padilla, Guillem Clua, Marta Buchaca, Jordi Casanovas, Javier de Dios o, en el teatro inglés, Simmon Stephens. 

 

 

¿Cómo sabes si un trabajo ha sido exitoso, por la crítica, por cómo te sentiste contigo mismo, por la respuesta de los espectadores, por el número de gente que vio tu trabajo?, es decir, ¿Cuál aspecto te deja satisfecho y decir "Me fue bien con este trabajo"? 

Honestamente, creo que lo que más me satisface es la reacción de los espectadores y, en el caso de los adolescentes, su rapidez para comunicar lo que han pensado o sentido a través de las redes sociales donde, por eso mismo, intento estar presente y activo. Personalmente, esto es algo que  me ha emocionado profundamente en el caso de #malditos16 y La edad de la ira: han sido muchísimos los jóvenes que me han contado para decirme que se veían reflejados en tal o cual personaje, que sentían que la obra les hacía sentir menos solos o incluso que se habían atrevido a romper su silencio y a hablar con sus amigos y familias acerca de diversos problemas a raíz de ver una de estas funciones. En mi caso, creo que no hay mejor premio que ese, el de la emoción sincera de quien ve nuestro trabajo.

 

 

Coméntanos algo más, lo que quieras.

Solo que espero que cada vez haya más dramaturgos que quieran acercarse al mundo de los más jóvenes: si queremos teatros llenos en el futuro necesitamos cuidar más de nuestro presente. Y los adolescentes aman la ficción: si les encantan las series, ¿por qué no van a emocionarse con una obra de teatro que les hable con verdad? 

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