Crítica

 

"Tarados"

 

 

Hijos de... De: Claudia Hidalgo. Dirección: Fernando Ocampo. Elenco: María josé Contesse, Caro Quito y Alonso Torres. Dramaturgismo: Flavia Radrigán. Asesor coreográfico: Luis Moreno. Diseño integral: MOODLAB. Composición musical: José Tomás Molina. Asesoría en vestuario: Karina Vukovic. Fotografía: Noli Provoste. Co-Producción: MOODLAB + Colectivo Los Paseantes. Duración: 60 min. Fechas: Del 4 al 27 de marzo.  Teatro del Puente. Santiago.

 

 

Hijos de... montaje dirigido por Fernando Ocampo y actualmente en cartelera en el Teatro del Puente, nos presenta una interesante revisión de la historia reciente de Chile y de como la identidad de los denominados hijos de la dictadura -todas aquellas personas que vivieron parte de su infancia durante la tiranía militar- se configura desde una falta u omisión de lo que estaba sucediendo en esa época.

 

Desde ahí vemos como Hijos de... nos presenta a tres hermanos, interpretados por María José Contesse, Caro Quito y Alonso Torres, que se reúnen después de estar mucho tiempo separados en la casa donde fueron niños para esperar la llegada del cuerpo de su padre, un militar preso por violaciones a los derechos humanos que se suicidó en la cárcel días antes de cumplirse su sentencia.

 

Desde esta anécdota, la dramaturga Claudia Hidalgo nos presenta un conflicto que se tensiona desde la unión implícita que poseen los hermanos y su padre. Ellos son adultos, pero sobre el escenario son los niños de antaño que jugaban en la casa y que ahora intentan reconstruir esa vida en común. Ensayan escenas de la infancia: lemas patrióticos, un extraño juego con una bolsa en la cabeza, bailes y culpas. Un texto en donde Claudia de manera muy inteligente nos presenta la “memoria” como un ejercicio colectivo y siempre un tanto confuso.

 

Vale destacar el tratamiento del lenguaje de la obra y el uso fragmentado de la palabra que entrega potentes paralelismos e imágenes, como lo que vemos al inicio del montaje con la frase de “hijos de... perra” y que se une a la figura de un perro disfrazado de lobo que se esconde en un bosque. Y que prontamente se incorpora a la vida cotidiana de los tres hermanos entre la agresión, el menosprecio, los castigo y el abuso de los que fueron victimas por parte de su padre.

 

La dirección realizada por el mexicano Fernando Ocampo transita por los recuerdos y la reconstrucción de la identidad de los hermanos. Ellos se definen como tarados, lo que Ocampo subraya con diferentes acentos extranjeros y con repeticiones de acciones violentas, como empujones y caídas, que muy acertadamente se transforman en negación del otros y de su maldita descendencia. La interpretación por parte del grupo de actores es acertada aportando con distintas posturas corporales y acciones físicas ingredientes indispensables para entender la historia. La escenografía que incluye un suelo blanco, tres sillas y el marco de una casa con una pequeña ventana que figura como el interior del hogar proporciona el aislamiento y la imposibilidad de que alguna mirada indiscreta observe lo que sucede y sucedió entre esas paredes.

 

De esta forma la autora, el director y los actores conducen la obra hacia un rabioso y estético final que incomoda al público por su radicalidad. Y la luz se va... la obra termina, pero los aplausos demoran en aparecer. No crean que no estamos emocionados o conmovidos por lo que hemos visto. Necesitamos un segundo, dar un paso atrás, respirar; y así apreciar un montaje tan divertido y emocionante como éste. 

 

 

 

Felipe V

 

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