“El arribismo es uno de mis temas favoritos, porque ser arribista significa no aceptarse
a uno mismo, y vivir de acuerdo a una realidad que no me pertenece porque la verdad
me avergüenza”.

En una sociedad cada día más hostil y competitiva, donde los artistas no difieren necesariamente- el neoliberalismo ha calado profundo hasta en los sectores más “progresistas”- entrevistar a Carla Zuñiga fue un respiro. Cuando se lo propuse, su respuesta podría traducirse en una sonrisa y un corazón pintados por Andy Warhol. Carla es de sonrisa permanente e inteligente. Me invitó a su casa, un acogedor y cálido departamento frente al Parque O`Higgins, como si este fuera su patio delantero. Estaba con su hijo de pocos años, Arturo. Tomamos té y conversamos por largo rato en una gran complicidad: ambos estudiamos en ARCIS y ambos nos reconocemos de esa clase media ilustrada: toda pretensión y competencia quedó de lado. Carla Zuñiga es la dramaturga del momento, que junto al director Javier Casanga y su compañía La Niña Horrible, han revolucionado la escena con una estética exagerada, grotesca y con un tipo de belleza muy particular. Una escena que muestra cuerpos que traspasan sus fronteras para develar la diversas posibilidades identitarias.

En el montaje de La trágica agonía de un pájaro azul, el texto se complementa de manera muy orgánica con las acciones en escena y una estética total que convierte al espectáculo en una pieza de arte que se sostiene por sí sola. En su lenguaje se puede ver lo que Susan Sontag define como Camp, en una versión criolla, con los matices de nuestra chilenidad. ¿Cuál es el proceso para llegar a ese resultado? ¿Lo tienen definido de antes o solo lo encuentran?

 

Cada vez que nos enfrentamos a un proceso nuevo, partimos un poco desde la nada, y vamos encontrando en el camino el discurso, historia y estética de la obra. Algo muy importante para nosotros es que ninguna parte del equipo artístico quede en el aire, y para esto empezamos a trabajar todos al mismo tiempo. Esto quiere decir que cuando empezamos a trabajar el texto con Javier, paralelamente él empieza el trabajo con el equipo del diseño, y vamos entregándonos ideas entre todos. Por ejemplo en La trágica agonía de un pájaro azul, yo escribí el texto ya sabiendo que desde el diseño querían trabajar con las medidas, que algunas cosas iban a ser muy grandes y otras muy pequeñas, y esa sensación de desadaptación media de pesadilla, intenté trabajarla desde la historia. Siempre me ha complicado la distancia que hay a veces entre el director o directora y el texto, y cada vez que trabajamos con La Niña Horrible, intentamos que esta distancia no exista, aunque siempre nos mantenemos dentro de nuestros roles.

 

Tú has trabajado con diferentes directores, siendo Javier Casanga tu centro, porque es el director con el que formaste la compañía La Niña Horrible. ¿Cómo fue tu experiencia al salirte del formato y estética que tienes con Casanga y trabajar con Jesús Urqueta, y, por otro lado, con Martín Erazo, ambos con diferentes estilos para concebir la escena?

 

Fueron procesos interesantes donde tuve la posibilidad de enfrentarme a puestas en escena y procesos completamente distintos a como trabajamos en La Niña Horrible, y en ambos casos los resultados finales me impresionaron positivamente. También fue un desafío para mí poder entrar en lenguajes dramatúrgicos distintos a lo que estoy acostumbrada, sobre todo en el caso de Jesús Urqueta que trabaja con puestas en escena más minimalistas y quietas, que es un poco todo lo opuesto a lo que estoy acostumbrada. En el caso de la Patogallina, creo que coincidimos en la exacerbación del cuerpo y en el discurso político, puesto en primera perspectiva, pero el trabajo con marionetas era algo completamente nuevo para mí.


 

Me contaste que en tu adolescencia viste algunos montajes de Ramón Griffero, que fueron decisivos a la hora de estudiar teatro y también, comenzar a escribir dramaturgia. ¿Qué tiene Griffero que te inspira tanto y qué influencia podemos ver de este dramaturgo y director canónico del teatro chileno, en tus propios trabajos?

 

Pienso que lo que me impactó de su trabajo fue la teatralidad y la intensidad que habían en sus textos y en sus puestas en escenas. Ese mismo estilo era característico del ARCIS de ese entonces, cuando yo estaba estudiando, siento que el Ramón era un referente para todas y todos los que estudiamos ahí, y eso le daba una forma propia a la escuela de teatro. Por eso nos pasa mucho que la gente ve una obra de La Niña Horrible, nos dice que nuestros montajes son muy del ARCIS, y eso se nota porque casi todas las actrices y actores salimos de ahí.

 

Vivimos en un país altamente segregador, donde las personas son definidas por su origen social, bienes materiales o color de piel, más allá de cualquier otra característica que, evidentemente, puede ser más importante- El arribismo aparece como una enfermedad social que mantiene a las personas en un continuo padecimiento-. Nuestro clasismo criollo es reconocido incluso, por otras sociedades más civilizadas que ven con desprecio cuan provincianos podemos llegar a ser. Tú te ubicas dentro de una clase media profesional que no esconde su origen y que lleva a sus propios textos, como un retrato identitario, esta característica. A mi parecer, reconocer ese origen es ya un valor casi subversivo. ¿Crees que tu teatro podría tener cierta capacidad de llevar a los chilenos a reconocer el espacio social que habitan, cuestionárselo y provocar algún cambio?

 

Espero que sí, creo que una de las razones por las que uno hace teatro es para remecer al espectador y distanciarlo con ciertas cosas que están terroríficamente normalizadas en la sociedad. El arribismo es uno de mis temas favoritos, porque ser arribista significa no aceptarse a uno mismo, y vivir de acuerdo a una realidad que no me pertenece porque la verdad me avergüenza. Siento que esto es muy chileno, es algo que nos define como país, siempre tratando de huir de todo lo que nos define como latinoamericanos, donde lo indígena tiene una connotación negativa, siempre queriendo parecer europeos o gringos. Lo peor de todo esto es que es súper difícil salirse de estos lugares, seguramente yo misma tengo en mi día a día reacciones o deseos muy arribistas, aunque no lo quiera, pero el sistema es tan fuerte que incluso hace que nos sea muy difícil mirarnos a nosotros mismos críticamente. Y esto no solo pasa con el tema de clase, también ocurre con el género, con la orientación sexual y con mil cosas más. Y así vivimos la vida, intentando fingir que somos otros para darle en el gusto a gente que nos cae como la mierda. Y eso me parece una tragedia.


 

Tu dramaturgia unida al trabajo de Javier Casanga, ha tenido un gran éxito, montaje tras montaje. De alguna manera podemos decir que logra una gran empatía con un público que te sigue o sigue a tu compañía, desde que comenzaron, hasta las últimas producciones. ¿Cuáles serían, según tú, las características de tu dramaturgia y del trabajo de Casanga como director, que provocan tanta aceptación por parte del público que llega a las salas de teatro a ver los montajes de La Niña Horrible?

 

Por una parte siento que a la gente le gusta o le disgusta, la radicalidad de la propuesta a nivel estético y discursivo. Y esto a nosotros nos parece muy interesante, que la gente ame o odie la propuesta, pero que no quede indiferente frente a lo que ve. Y al público que le gusta, siento que le gusta que el trabajo corporal sea tan grotesco y exacerbado, hay algo energético que se traspasa desde el escenario al público que siento que a la gente le gusta. Otra cosa que aporta a que esto ocurra, es que el trabajo escenográfico, de maquillaje y vestuario, siempre es bien impresionante. Además de esto, creo que el hecho de que se hablen de temas terribles a través de la comedia negra y que se entregue el discurso de esta misma manera, hace que la gente lo pase bien viendo la obra y se acerque a las temáticas desde otro lugar, incluso riéndose de sus mismos prejuicios o perversiones.

 

Tus textos, por lo general, nos muestran dramas de personas comunes de la clase media. Sin embargo, el humor siempre está presente, muchas veces potenciando el drama o generando algún tipo de quiebre o nueva lectura a partir de este. ¿Por qué es tan importante para ti, poner estas dosis de humor en tus escritos?

 

Creo que esto no es algo planeado, si no que es algo que sale solo. He tratado de escribir obras más “serias” o que no sean con tanto humor y no me sale, y esto debe ser porque me aburro mucho. Siento que en las situaciones más trágicas hay mucho humor porque aparece la vulnerabilidad y el patetismo, aparece la humanidad, y desde este lugar es mucho más fácil para mi llegar a la emoción y a la desolación. La contradicción es algo muy importante para mí al momento de escribir, porque en la contradicción está todo lo que no logro manejar ni puedo entender, y escribir sobre estas cosas me ayuda a que la obra no quede moral ni intente dar respuestas, porque no las hay, estamos todo el tiempo en la nada y todo lo que existen son preguntas.



 

En tu trabajo aparece el tema de la diversidad de género. Hay una crítica a su visión binaria, impuesta por la sociedad heteronormada y patriarcal. Por otro lado, tú me cuentas que en la mayoría de tus relatos te basas en la “señora de clase media, católica, heterosexual, cuyo mayor objetivo de vida es crear descendencia”. ¿Cómo se manifiesta en tu trabajo, la dialéctica entre estás dos posturas ideológicas, principalmente a nivel estético?

 

Siento que en esa señora, que son nuestras abuelas y nuestras madres, reside toda la violencia de género en su plenitud. Porque nacieron en una época aún más desafortunada para las mujeres que en la que vivimos hoy, la violencia hacia las mujeres estaba absolutamente normalizada y la opción de denuncia era imposible. La violencia no solo era física, si no que eran mujeres que eran criadas para ser esposas y madres solamente (No critico que hayan mujeres que aún deseen encarnar estos roles, si no que antes no había otra opción posible), y ellas viven, tal como ocurre en La mujer rota de Simone de Beauvoir, la dolorosa transición de comprender de que esa estructura familiar era una mentira, y deben enfrentarse al fracaso que solo recae en ella. Lo más terrible de todo, y la gran victoria de un sistema heteropatriarcal, es que esas mujeres desean que sus hijas tengan vidas heteronormadas, rechazando fuertemente el lesbianismo, lo trans, que sus hijas no sean madres, que no se casen, etc. Y esa es la segunda parte de su tragedia, que sus hijas son las jóvenes de hoy, que no quieren vivir como ellas esperan que vivan, que se atreven a ser libres y arriesgan sus vidas por eso. Este choque generacional inevitable de la relación madre e hija me parece muy triste, y es uno de mis motores más importantes al momento de escribir.

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