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Lear, el rey y su doble

de Flavia Radrigán

El texto a continuación es un extracto de la obra. 

Lear el rey y su doble, está protegida por derecho de autor, inscrita en el Registro de Propiedad Intelectual de Chile. 

RESEÑA

Flavia Radrigán reescribe de El rey Lear de Shakespeare bajo una nueva perspectiva en la que aborda temáticas shakesperianas como el poder, la vejez y la relación padre-hija, integrando la relación de la propia dramaturga con su padre, el fallecido dramaturgo y Premio Nacional de Artes, Juan Radrigán.

EXTRACTO

Escena VIII.-



 

LEAR : Una noche de martes llegué a la gran ciudad, una ciudad agria, metálica, desprovista de lugares donde descansar, donde vivir. Donde todo se había transformado en enormes vigas de acero que jugaban a entrelazarse por encima del humo, las ratas y el barro.

 

Como gárgola ansiosa recorrí la urbe.

Deseaba apropiármela.

A mi edad los gustos son fácilmente adaptables al lugar en que me encuentre.

Y aunque mi condena sigue siendo prioritaria, el sexo y el vino no me faltaban.

También me di tiempo para ir al cine, o más bien para esconderme y descansar en salas de tres películas por el precio de una, donde los taciturnos espectadores no sospechaban de mi presencia.

 

Dominé la gris ciudad de doble cara,

porque soy el rey, siempre lo he sido.

Un príncipe de tres dedos.

 

La ciudad me devolvió a Cordelia.

Me la devolvió escuálida, de ojos saltones.

A la bella Cordelia no le importaba ver en mi mano izquierda sólo tres dedos.

Como garras.

Como tres muertes al acecho.

Y

como no estaba previsto,

como no estaba escrito,

como no estaba decidido,

como no había aparecido en las estrellas…

su olor de mujer se me fue metiendo hasta hacerse imprescindible y decidí refugiarme en esa especie de amor.

Ella se me subió por la piel, y como araña me tejió, me besó, me alimentó y me arrastró a su casa.

A su exilio.

Al exilio que yo mismo le había impuesto.

Me dejé llevar para existir ahí, en los extramuros, en ese límite donde comienza a perderse el centro y todo se funde en un sólo cuerpo, en una masa mísera y cálida, que a mi pesar, me exigiría violentarla.

 

Las otras dos, Regan y Goneril y sus maridos me seguían por el tiempo como hienas hambrientas, me iban acorralando. Y, a pesar de las caderas de Cordelia, clamaba por el fin de todo.

Lo clamaba mirando la cordillera, preguntándome en un sánscrito dulce e ininteligible lo que nadie en esta ciudad o esta tierra podría responderme.

A veces subía por las vigas del puente, donde ningún humano podía alcanzarme; absorbía los ruidos aparecidos para esperar el silencio, ese al que jamás llegan las respuestas.

Entendiendo que no las habría, me largaba a reír y caminaba al oriente, hacia la mujer, hacia mi hija.

 

Esa noche de martes, al regresar por Canales hacia la avenida Central, abrigué el deseo de que aquel fuera el día, el último día, aunque sólo tenía una forma. Descanso.

Descanso.

Sólo quiero descanso.

¡Lo había imaginado tantas veces de distintas formas!

Subí la vista para ver las luces que salían de la alta torre hacia el negro cielo, los destellos se perdían en la oscuridad que competía con mis cabellos; esta vez eran de colores que al juntarse se movían en agudos ángulos.

¿Estarán llamando a alguien? Me pregunté riéndome a mandíbula batiente mientras seguía mi camino al oriente y a la mujer, a mi hija, mi Cordelia; así que también reí de mi absurda complacencia.

 

Esa noche de martes ansiaba como nunca llegar a esa casa, mi último castillo después de tantos otros.

Acostarme con esa mujer raída y orgullosa que golpeaba los pechos al caminar y tomar sopa caliente para revivir en su destierro.

Ese al que la había condenado.

Sólo por ser mejor que yo.

 

Esa noche de martes, entré acompañado por el ruido de las tablas sueltas del pasillo. Me metí al departamento sin prender la luz, nunca lo hacía, pero la ausencia de Cordelia hirió mi deseo.

Recorrí las dos piezas como tratando de encontrarla, sintiendo la necesidad de tocarlo todo, de pasarme las ropas de la mujer Cordelia por la cara; quería que el olor de esas intimidades dulcificara su partida, que la textura de esas prendas reemplazara la aspereza de mis manos.

Seguí sentado a los pies de la cama, pensando que era el martes del encuentro; reí largamente, pero mis labios pasaron de la sonrisa a una mueca turbia, porque me supe príncipe y buscado.

Me supe rey y buscado.

Por Regan.

Me supe rey y buscado.

Por Goneril.

Me paré, guardé las prendas de la mujer Cordelia, desenredé el revoltijo de tapas para acostarme y descansar. Después de un siglo se abrió la puerta y ella entró en la cama.

“¿Dónde estabas?”, le pregunté.

“Con France. El que tomó lo proscrito y al que mi frío desdén despertó el respeto”, me contestó.

 

Tan mujer que me saliste.

 

Y nos amamos dentro del revoltijo de tapas que se suponía nos cubriría hasta el amanecer.

“Hoy es martes”, le dije enredándole mis dedos en el pelo.

Cordelia lloraba en silencio. Comencé a besarla sin apuro.

“¿Sabes, Lear?, me dijo como reaccionando. “No quiero verte morir”.

Se levantó y comenzó a vestirse apresuradamente.

“No tienes salida si sigues aquí. Ya no soy el Lear que conociste”, sentencié.

“Para mí sí. No quiero dejarte”, rogó.

“No te preocupes, no voy a dejar que lo hagas”, volví a sentenciar.

Me paré para abrazarla, mientras ella preguntaba:

“¿Qué pasó con el tiempo que teníamos? ¿Por qué renunciaste, por qué me preguntaste cuánto te amaba frente a mis hermanas?”.

Le respondí muy suave, con todo el afecto del que era posible agarrase, que los plazos son para hacerle creer a la gente que puede vivir un tiempo más.

Que renuncié porque tengo diabetes tipo B.

Un hongo en mi dedo gordo del pie derecho.

Manchas en mi calva.

Miopía, astigmatismo.

Mis erecciones dependen de los dioses.

Dejo el baño hediondo por los remedios.

Que renuncié porque estoy viejo y esa maldita palabra abarca una sentencia.

Y lo más doloroso es mirar hacia atrás y ver que no hice nada por los que amo.

Pero aún soy el rey,

y seguiré siéndolo porque no temo al futuro, ese lo decido.

Fui engendrado para dirigir empresas.

Mi poder es incompatible con la democracia.

Soy la influencia tras el telón.

Mi poder viene con la riqueza.

Tengo permiso de constructor.

No pago derechos de ocupación.

No pago impuestos sobre mi jurisdicción.

Dicto los principios generales y específicos.

Tengo inmunidad legal de modo generalizado.

Tengo una vía cerrada a cualquier ciudadano.

Los ministros van y vienen pero la monarquía siempre está ahí.

Tengo el poder duro, dominio de las armas y la política.

Tengo el poder blando, les doy a los niños un enfoque cultural.

Sólo lanzo ideas generales.

Aparezco después de las catástrofes.

Doy pésames y promesas.

No pago la ropa que uso.

Y siempre, siempre, siempre

tengo un hombre pobre en la entrada.

Mi imperio es sobre el ego.

No se puede ser amable o sensible, la conquista es brutal.

Y la gracia de ser rey evita comentarios.

Le dije que puse fin a mi reinado para comenzar otro distinto.

Que como rey aprendí que a los súbditos se les dice que tienen tiempo, que aún es tiempo, sólo para burlarme cuando intentan desdoblar sus inútiles genuflexiones.

Todo eso sin importar que seamos un absurdo remanente del feudalismo.

 

Mi corazón ya late lento, se cansa. Se agrandó como es común en los viejos.

La palabra es declinación.

Declinación.

Decadencia.

Ocaso, acabamiento.

Inutilidad.

Así que mi castillo no era castillo, era un vulgar mazacote del que debía huir.

En sus pilares sólo se dibujaban las marcas de mis arañazos…

 

Era la noche del martes y la puerta fue golpeada exigiendo mi presencia. En ese preciso momento supe que esta vez me había inventado el sueño del descanso.

La suave piel de Cordelia, la mujer, me hizo pensar en tomarla y huir, en no enfrentarme.

¿Me habría enamorado?

Pero soy un hombre despiadado, con una mirada como hecha para la ternura, un largo pelo cano me cae manso sobre los hombros, y he nacido para la culpabilidad.

Mis labios la besaron mientras corrían en el techo, mi mano le agarró el cuello, comenzaron a partir la puerta en pedazos. Bajé mi garra de tres dedos hasta el plexo de la mujer Cordelia que lloraba mirándome fijo y en un navajazo de locura le hundí mis tres dedos en el pecho hasta sacarle el corazón.

 

Cuando la puerta estuvo totalmente destrozada, ellos entraron.

Mis dos hijas, sus maridos y un montón de estúpidos.

 

Pero allí sólo estaba la mujer, la sangre y un corazón destrozado.

 

Todos esos inútiles fuertemente armados se preguntaron si alguna vez lograrían acabar conmigo.

Pero yo, Lear, ya estaba en otra ciudad, agria, metálica, donde también todo eran enormes vigas de acero que jugaban a entrelazarse por encima del humo, las ratas y el barro.

 

Era el único lugar donde podía seguir pensando en la mujer.

 

FIN DE LA ESCENA

"Lear, el rey y su doble"

 

Año de escritura : 2017 

Fue estrenada : el 17 de mayo del 2019. 

 

“Lear, el rey y su doble” fue una producción de la Corporación Cultural Municipal de Quilicura.

 

Teatro : En la sala de Teatro Finis Terrae

Ficha artística

Dirección : Jesús Urqueta

Actuación : Francisco Reyes, Daniel Antivilo

Escenografía e Iluminación : Belén Abarza

Vestuario : Daniel Bagnara

Producción : Ana Cosmelli 

Música : Álvaro Pacheco

Jefe Técnico : Francisco Herrera.

Para contactar al autor, escríbenos.

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Las entrevistas de Interdram 2020, cuentan con el apoyo de Fondart Nacional, línea Difusión, convocatoria 2020. Ministerio de las Artes, las Culturas y el Patrimonio. Chile.

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