cristián ruiz

Entrevista por Mauricio Fuentes, para Interdram.

03 de julio de 2020.


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“Su prosa cabalga a trote largo entre zamacueca de quinta de recreo y tonada de la chimba, su pulso definitivamente es de naturaleza yámbica criolla y su dialéctica es rotundamente libertaria”. Sobre Yo, Manuel.



Cristián Ruiz. Foto de Cristián Navarro.



Recuerdo haber ido a ver Yo, Manuel, con mi amigo actor y director teatral, de origen afrodominicano, Elvis Polanco. Tanto para él, como para mí, era muy interesante ser espectadores de una obra centrada en uno de los personajes más importantes, polémicos y queridos de la historia e independencia de Chile; un héroe popular, presente en canciones, murales, poesía y, en esa ocasión, en una sala de teatro. Para Elvis, era la oportunidad de acercarse a la historia del país que hoy se ha convertido en su país, como él mismo sostiene. Para mí, confirmar esa identidad o, para no sonar “patriotero”, el sentido de pertenencia que sabemos que es inmanente a nuestro ser, pero que muchas veces se nos escapa o diluye, culpa de la globalización o del peso que puede significar el “ser chileno”. Sentido de pertenencia que parece hacerse necesario cuando, en medio de una crisis social, buscamos re-significar el presente. Manuel Rodríguez es un símbolo de la pulsión del pueblo chileno por alcanzar espacios de libertad y, por consecuencia, dignidad. Cristián Ruiz entrega las herramientas para reencontrarse con la memoria y con los ecos de nuestra historia, y lo hace de manera muy rigurosa, a través de todos sus relatos.

En Chile estamos acostumbrados a nombrar a una obra que tiene a un solo actor sobre la escena, como “monólogo”, independiente de si interpreta a varios personajes. Sin embargo, hay una diferencia entre un monólogo, un soliloquio y un monodrama. Varias de tus obras son monodramas, término que en Chile no es muy conocido. Cuéntanos qué es un monodrama, por qué su elección y cómo lo has desarrollado en tus textos.


El monodrama es un unipersonal que se desarrolló a fines del siglo XVIII (Pigmaleón, de Rousseau) y principios del XX, donde un solo personaje explora motivaciones íntimas y variadas subjetividades a través de la interpretación de otros personajes, por lo tanto, facilita una dialéctica aguda. Cuanto más estudiaba la biografía de Rodríguez, más me acercaba a su carácter extremadamente voluntarioso, a su determinación absoluta, a su dolor tras ser asesinado cobardemente por la espalda un par de meses después de ser padre; y a modo de epifanía desplazada en el tiempo, pude ver a su sombra sortear múltiples obstáculos para estar presente en el parto secreto de su único hijo; su apellido había sido declarado proscrito por el mismísimo Director Supremo. Su radical espíritu libertario había sobrepasado todos los límites impuestos por sus antiguos aliados que no pudieron soportar esta rebeldía y lo abandonaron. Por todo esto comprendí que “Yo, Manuel” debía ser escenificado en soledad sobre un escenario, volviendo cíclicamente al momento de su asesinato para resucitar, una y otra vez, preguntando por su descendencia; fue mi manera de cristalizar esa sensación de desamparo que se respiraba en sus últimos años. Por otra parte, Casandra, la protagonista de “Recuerdos incompletos de un reloj”, necesita volver a ciertos episodios de su vida, donde interfieren otras personas y personajes trágicos, para encontrar las claves que la impulsen a lograr el objetivo autoimpuesto ¿Qué mejor formato para su puesta en escena que el monodrama?





En muchas o en la mayoría de tus obras, aparece la temática del “padre ausente”. Sea porque este es el conflicto principal o porque su ausencia está naturalizada hasta el punto que ni se cuestiona; desde obras insertas en el contexto de la colonia, como Yo, Manuel, hasta obras puestas en el Chile actual. El “padre ausente” ha sido tomado como temática, por diferentes antropólogos, historiadores y escritores, para re-construir nuestra identidad chilena y, en algunos casos, latinoamericana. ¿De dónde emerge esta “ausencia” en tus obras? ¿Crees que elaboras un discurso en tu dramaturgia a partir de este motivo?


Para ser honesto creo que la temática “del padre ausente” no es recurrente solo en mi obra, la ausencia paternal o una presencia paternal dislocada, o como sea este grado de privación, lo considero un tópico universal presente en la mayoría de los argumentos escénicos, literarios y cinematográficos. Tanto si se explora de forma explícita o implícita, todo punto de ataque argumental siempre se apoya, en algún grado, en esta especie de trampolín de causalidad. Tampoco es un misterio que los dramaturgos y dramaturgas, consciente o inconscientemente, recogemos insumos creativos de nuestro back up biográfico filial y, por defecto, entretejemos hilos argumentales desde, o a la sombra, de nuestra propia huella emocional ¿Qué ápice de mi obra no está atravesada por mi historia como hijo y/o como padre? Si es verdad que los argumentos en que se debaten mis personajes tienen un condimento conflictivo en cuanto al sentido de pertenencia paternal, también es cierto que esas micro-historias están encapsuladas, a modo de gran paracaídas, en un co-relato social donde se está al borde de una rebelión o quizás en medio de hechos cruciales de tintes marcadamente sociales; un campo de batalla colectivo en desarrollo que, como si cumpliera la función de hipérbole, amplifica este tópico para vincularnos transversalmente en la creencia, casi atávica, de que ese estado/padre, ya sea en situación de guerra o pandemia o crisis social, no puede darse el derecho, el lujo y la osadía de abandonar a sus ciudadanos/hijos, esa es una política que está fuera del contrato social.





¿Cómo construiste la voz de Manuel Rodríguez, para tu monodrama, Yo, Manuel? ¿Te basaste en textos de época, cartas, libros de historia?


Para crear Yo, Manuel me nutrí del registro epistolar de Rodríguez, consulté datos biográficos e investigué el registro de su intervención en la independencia de Chile, material que gentilmente me fue develado por el abogado, historiador y músico Juan Pablo Buono-Core, a quien nunca dejaré de agradecer por proponerme esta generosa aventura creativa y dotarme de toda su recopilación. En aquel heterogéneo bosque de palabras e información pude escuchar claramente la voz de un caudillo que decidió ser protagonista de la historia de su pueblo; en sus cartas sentí el susurro de un espíritu que lamía sus heridas en secreto; en sus actos percibí el clamor de un corazón en el que se abrazaban y chocaban, al mismo tiempo, el instinto de supervivencia y un ímpetu desbocado por cambiarlo todo de una vez, aunque en ello le fuera la vida; en su biografía me interpelaron preguntas que lo cuestionaban todo, y al mismo tiempo percibí las respuestas del rebelde más radical de ese mítico Chile. Su prosa cabalga a trote largo entre zamacueca de quinta de recreo y tonada de la chimba, su pulso definitivamente es de naturaleza yámbica criolla y su dialéctica es rotundamente libertaria.



Felipe Zambrano y Alfredo Rossel en Yo, Manuel. Foto de Lorenzo Mella.




En Recuerdos incompletos de un reloj, elaboras un relato desde la perspectiva de un victimario de la dictadura de Pinochet y de su mundo más próximo, para hablar sobre el padre ausente y sobre el peso de cargar con un estigma gigante y ominoso. Haber hecho este ejercicio fue una elección temeraria, conociendo lo delicado del tema, pero que finalmente tuvo una muy buena recepción. ¿Por qué elegiste sumergirte en ese mundo?


La Dictadura Militar es un episodio fatuo, horroroso y oscuro de nuestra historia como país, una mancha que no podemos limpiar sin reconocer que tenemos una deuda con todas esas víctimas y sus familiares. Como sociedad en general evitamos esta responsabilidad, como si no fuésemos parte de un pasado reciente que nos vincula; y frente a la mayoría de los victimarios que eligieron acatar un pacto de silencio, nos quedamos sin saber que hacer ni decir. Mientras algunos, quizás los menos, exigen justicia con el apoyo de consignas, levantando pancartas y al alero de asociaciones, yo elijo la dramaturgia para vehicular mi impronta, ésta es mi única trinchera. Una obra teatral no va cambiar nada, lo tengo claro, pero puede ayudar a crear pensamiento reflexivo y humanista frente a esta deuda, y mientras pueda aportar a que mas individuos/espectadores asuman como suya esta deuda país y se transformen en masa crítica para generar presión, mis historias seguirán teniendo sentido. Hasta ahora hemos logrado gran llegada en espacios de memoria, lo cual es fantástico, pero obviamente la mayoría de los espectadores que asisten a esas salas, por reacción o elección, ya desarrollan una fluida reflexión en torno a esa deuda social; es por eso que ahora más que nunca falta despertar la conciencia de los administradores de aquellos espacios que no pertenecen a esos circuitos de memoria.



Nathalie Nicloux en Recuerdos incompletos de un reloj. Foto de Sabine Greppo.



En Las Dimensiones del Tiempo, la acción dramática se presenta en el contexto de las movilizaciones estudiantiles del 2006. Sin embargo, la protagonista mira este movimiento social, desde afuera, desde la periferia. Pones el eje de la historia en lo que usualmente sería un personaje secundario. Esto hace que la obra posea una singularidad que la diferencia del discurso habitual. ¿Por qué decides poner el ojo es este tipo de personaje, por lo menos en esta obra?


Tomar la voz de Daniela, que es una simple empleada en una fotocopiadora ubicada frente a uno de los liceos de mujeres que lidera la movilización, no solo me permite trasladar la enunciación de aquellos y aquellas que quedaron sin voz, con ello también puedo encapsular la acción dramática dentro de esa revolución estudiantil sin estar “dentro” del movimiento mismo. Daniela interpreta a un personaje que decide ser el puente entre esa movilización, que observa con dedicación, y su propia familia, constituida por su madre y su hijo. Su madre, y abuela del niño, solo vive para esta familia mono parental al cuadrado y ve con cierto recelo lo que sucede con estos/as niños y niñas que buscan “capear” clases. Daniela debe luchar contra esta visión para justificar su proyecto de hacerse la revolución a ella misma, de esta manera el choque de fuerzas que se libra en el exterior, o sea en la sociedad, también explota en la intimidad de esta familia. Tomar la voz de los líderes o de algún personaje inserto dentro de ese movimiento habría limitado mis posibilidades dramatúrgicas, pues todo lo que provoca esa movilización en Daniela, e incluso en su propio hijo, es mucho más cercano a mí y, me atrevo a pensar, a muchos de los que presenciamos ese hito histórico. Esta elección dramatúrgica se debe a que quería, y quiero, llegar a un amplio rango de espectadores y no solo a los “revolucionarios convencidos”.



Claudio Vallejos, Andrea Ubal y Daniela Olmos en Las dimensiones del tiempo.



El juego con el tiempo, a veces circular, aparece en varios de tus textos. ¿Qué significa este recurso para ti?


No se si el adjetivo preciso sea “circular”, más bien creo que el tratamiento del tiempo en mis obras responde a la dinámica pendular de la historia. El patrón pendular de hitos, paradigmas sociales y hechos vinculantes a nivel cívico de nuestra biografía país, y me atrevo a pensar que histórico-mundial, responde a esta dinámica. Los hitos/paradigmas/hechos van de un punto a otro en el tiempo y viceversa, pero cuando regresan no lo hacen de la misma forma en la que se fueron, algo han digerido en el viaje de ida que los transforma o disfraza en el viaje temporal de regreso, y aunque vuelvan dentro de pieles diferentes, con la intención de hacerse pasar por paradigmas nuevos, siempre conservarán la misma esencia dado este factor pendular.

Una historia bien contada dentro de esa caja negra, llamada teatro, tiene cierto alcance social único, un aroma a historia repetida contada por personajes que nos recuerdan a personas conocidas por todos, quizás a nosotros/as mismos/as, representadas y re interpretadas frente a nuestros sentidos a modo de espejo social comunitario, para recordarnos que esos personajes que no conocemos pero que, a través de sus conductas, reconocemos, sufren circunstancias trágicas o dramáticas o cómicas que cambiarán por completo su visión de la vida; y quizás en un futuro cercano, terminada la obra, volverán a realizar la misma rutina, seguirán con la misma conducta, pero de otra manera, tal vez, con la secreta esperanza aristotélica de que ese comportamiento será repetido con cierto grado de aprendizaje. Un aprendizaje que, conjugado con ese factor pendular, interpela nuestra conciencia.




Victoria de Gregorio y Félix Venegas en Chaleco rojo. Foto de Lorenzo Mella.


En Recuerdos incompletos de un reloj, el formato del texto es muy cercano a la narrativa, lo que me hace pensar en la “narraturgia” que propone Sanchis Sinisterra, aunque tú me nombraste como referente, también, a Novarina. ¿Cómo y por qué llegaste a este formato? ¿Qué implicancia tiene llevar un texto en ese formato a su puesta en escena?


Este formato textual, que a primera vista parece ser meramente narrativo, otorga cierta libertad al momento de llevarlo a escena. También me pareció que enunciar a todos los hablantes, en ciertos momentos, era un tanto inútil, pues la misma naturaleza del diálogo devela a los personajes. Pero además me obligó a crear una línea de pensamiento delirante y desbordada, permitiendo que pudiera develar todo el espectro de la lucha interior de la protagonista, una especie de pensamiento interior a todo volumen que corre paralelo a su conducta haciendo posible que el verbo, concreta y dinámicamente, se transforme en acción frente y en complicidad con el espectador.





La mayoría de tus obras han sido dirigidas por ti, sin embargo, últimamente, le has entregado este rol a una directora, Coca Duarte, quien además es tu pareja. Para muchos dramaturgos es difícil entregar un texto, es como entregar a un hijo para que un otro se haga cargo. ¿Cómo fue este proceso de apertura y cómo ha beneficiado tu trabajo?


Ese momento fue simplemente liberador, Coca no es una extraña en mi propuesta creativa, no tiene que “estudiarme” ni “psicoanalizarme” para poner en escena un texto de mi autoría, ella me ha acompañado en gran parte de esta nueva vida como dramaturgo, siempre como primera lectora y correctora de la mayoría de mis textos, y quien mejor que el ángel guardián de mi dramaturgia para dirigirlos y convertirse en madre de estos hijos. Claro que existe una complicidad, pero siempre desde otra mirada, y finalmente eso es lo que le da un valor agregado a esta “sociedad creativa”: el complemento, la suspicacia reveladora de una contraparte que es más bien una cómplice traviesa que además posee una gran sensibilidad y una dedicación profesional; en ningún caso trata de “lucirse” como directora, más bien trabaja para que sean el texto y la propia historia los protagonistas de la puesta en escena; propone estrategias de dirección para que la forma de esa obra esté en equilibrio con el fondo de lo que se cuenta, y así se revele al espectador una puesta en escena sin interferencias del tipo “me estoy luciendo con un abanico de formas para que aprecien mi talento y alaben mi trabajo de directora”, su trabajo de dirección está en función de proyectar lo mejor en actuación, en composición espacial y contar de la mejor manera esa historia; y esto de seguro alivia y libera de preocupaciones a cualquier dramaturgo/a que espera que la esencia de su texto llegue íntegra a cada espectador.


LEER EXTRACTO DE "recuerdos incompletos de un reloj".


Las entrevistas de Interdram 2020, cuentan con el apoyo de Fondart Nacional, línea Difusión, convocatoria 2020. Ministerio de las Artes, las Culturas y el Patrimonio. Chile.



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