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Intenté abrirme paso entre la multitud de fans de Bernie que habían repletado el perímetro de NYU ayer, tarde primaveral en Manhattan en la que el candidato socialista Bernie dio un discurso en el Wahington Square Park. Un tipo hacía entrevistas desde una bicicleta con la cámara y el micro amarrados al manubrio y un muñeco espantapájaros gigante de Bernie sobresalía entra la multitud; vendían poleras, chapitas, gorras, con la cara de Bernie y casi no se podía caminar, alguien decía por ahí que más tarde iba a tocar Calle 13 y que habían visto pasar a Rita Indiana. La luz decayó y el frío y el viento aumentaron cuando ya iban a ser las ocho. De pronto se escuchó a la gente gritar “Bernie, Bernie, Bernie”. Por alto parlante Bernie dijo que es tiempo de justicia para todos; Bernie dijo que es tiempo de que todos nos liberemos. “Bernie, Bernie, Bernie”. Los pacos me pidieron la credencial de NYU para dejarme entrar a la calle que daba al edificio amarillo mármol donde era la obra de teatro. Esquivé muchas cosas para llegar al Skirball Center de NYU. Entré al Hall principal y el buen Héctor de pie, esperando. ¿Qué más, Leo? ¿Qué vamos a ver? Le pregunté. Héctor me explicó de qué iba la trilogía de Samuel Beckett. El hizo su tesis sobre Beckett y sabe lo que dice. Ahí te va. El tipo éste se fue a Francia, escribió en francés y luego el mismo se tradujo al inglés pero cambiando partes, escribiendo otras líneas. Unas obras no tienen nada que ver con las otras aunque sean las mismas. Es re loco, güey. A mí me gusta Pinter, a mí me gusta Miller, a mí me gusta Williams, le dije yo con urgencia, queriendo no dejar a ninguno afuera del canasto. Ahora me va a fascinar este cabrón de Beckett, le dije, sin querer imitar el acento mexicano del buen Héctor, pero haciéndolo, como siempre que estoy con gente que habla otro acento. El buen Beckett. A ti te gustaría Happy Days, me dijo Héctor, te gustaría un chingo, cabrón. ¿Y su novela? Le pregunté, intencionado el singular –todos escribimos una gran novela o una gran pieza para el teatro, dividida en escenas, que son los nombres con los que jugamos a bautizar las partes que pasan por los años. Está de puta madre me dijo Héctor y nos sentamos. Y seguimos hablando. Y después el silencio tras el apagón de luces nos enmudeció (“después seguimos platicando”). La primera pieza se titulaba Not I, pero nosotros le llamábamos La boca. Recién comenzaba la puesta en escena, que consistía en ver a una boquita iluminada, -los dientes de una vagina y un holograma borroso para los ojos de Héctor-, cuando ésta fue interrumpida por una voz que ya no era de Beckett, era la voz de una operadora del teatro que nos dijo “La función se debe suspender por un problema técnico. 10 minutos. Lo sentimos mucho”. Por supuesto que lo dijo en inglés.

 

Hubo abucheos. Gente se retiró indignada. Le dije a Héctor que esto de parar las funciones no se debía hacer, que el Dios del teatro se enfurecía cuando eso pasaba y que había gente ortodoxa que no perdonaba ese tipo de asuntos que a mí me valían verga. Yo no creo en esos misticismos, le dije a Héctor, que me miraba con los ojos a punto de salírseles de las cuencas y me dijo No mames güey, así de chingada es la gente de teatro!? -Y añadió- Yo diría, si me apuran, que aquí no hubo un problema técnico. Lo que aquí pasó fue que la actriz se cayó, güey. Yo escuché un golpe fuerte, cabrón. Y la boca ya no se vio más.

 

Me reí. Héctor se río. ¿Estaría jodiendo? ¿Cómo se va a caer una actriz preparada para todo arriba del escenario? Quizás la oscuridad, los nervios, el sueño o alguna otra cosa la tenía desconcentrada, o simplemente quería volver a empezar porque no le gustó cómo partió. En el teatro retrocedemos el tiempo y volvemos constantemente a ese momento ya escrito para mejorar nuestra actuación o cagarlas de nuevo, pero no es común que esto pase, le dije a modo de conclusión. A los cinco minutos de interrumpida la pieza, vuelta las luces apagadas y la boquita.

 

La actriz mantuvo la misma fuerza en tres monólogos fantasmagóricos con un manejo de su aparato sonoro ejemplar. En la segunda parecía una princesa y en la tercera una pálida anciana. Aproximadamente una hora.

 

No entendí ni mierda del inglés en ninguna de las tres piezas salvo en la última que entendí todo, me dijo Héctor, y yo le dije que yo tampoco, para nada, pero que lo importante para mí era escuchar la música que salía de la boca. La boca, que bello monólogo es la boca, le dije. Beckett rompió con el realismo, planteó la inacción total, y creo que la boca es una obra rupturista y hablamos de cómo la actriz interpretaba los tres textos con solvencia, matizando tres personajes. Es una cuestión energética la que marca el peso en su interpretación, y qué guapa es, mírala, le dije, mostrándosela en Wikipedia, se llama Lisa Dwan, se hizo famosa con esta trilogía, ha viajado por todo el mundo con ella. Mientras tanto, la actriz, la verdadera Lisa Dwan, con un escote de leopardo, conversaba con la audiencia y un escritor, finalizando el show.

 

¿Simpático el escritor, verdad? ¿Cuál, Beckett? No, güey, dijo Héctor, Salman Rushdie, refiriéndose al inglés que durante unos treinta minutos de coqueteo con la actriz recibió preguntas breves y otras larguísimas del público, que esa noche  acogió con calidez la propuesta. El escritor era una eminencia, un poco torpe y tartamudo, había sido portavoz de su generación, sus dos novelas importantes fueron la causa de que un rey ofreciera tres millones por su cabeza. Tres millones de dólares por la cabeza de un escritor. A la salida de la sala le hablé a Héctor de Juan Radrigán porque recordé su obra Beckett y Godott, un encuentro imposible entre autor y personaje allí en Francia, con Beckett agonizante en un galpón abandonado. ¿Y ese tal Radrigán quién es? ¿Es tu amigo que estudia en NYU? Es un dramaturgo chileno de ochenta años. Tiene cuarenta y cinco obras estrenadas. No mames güey. Y nos escapamos de los restos de papelitos que decían Bernie aquí Bernie allá, rumbo a una taberna, donde nos echamos cinco whiskeys cada uno. Hablamos de arte y de literatura, y de vidas pasadas y de teatro, y de seguirnos viendo y de lo mucho que nos gustaba ese bar del East Village, cerca del Mamoun’s y del Yoga, donde se podía conversar y tirar dardos en un muro antiguo y desteñido.

 

Jueves 14 de abril de 2016, Nueva York.

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